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HAPPYCRACIA

Octubre 19, 2019

¿Has  escuchado el término Happycracia? 

Primero me topé con lo que dice Edgar Cabañas, el psicólogo autor de “Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas”. Él explica que cada vez hay más hipocondriacos emocionales. ¿A qué se refiere con esto? Pues a aquellas personas obsesionadas con los estados de ánimo y las emociones. Hago énfasis en la palabra obsesión. 

Entonces, la Happycracia, desde esta óptica, es entendida como el control que hace la búsqueda de la felicidad sobre nuestras vidas. Y esta es sostenida precisamente, por la industria de la felicidad. Libros de autoayuda, lectura de carta astral, pseudoterapias fugaces, talleres de vida, el coaching de tipo coercitivo y un sin fin de productos y servicios que nos buscan vender felicidad, “bienestar” y “plenitud”.

Por mera curiosidad, me di la tarea de buscar la palabra felicidad en la tienda de aplicaciones de mi celular. El tercer resultado llamó muchísimo mi atención y la descargué: Cómo ser FELIZ (en mayúsculas) en 30 días y para siempre. En ella te muestran varios tips y su respectiva justificación. Tip número 4: ríe a voluntad, activa tu bioquímica.

Puede sonar ridículo, pero ¿qué nos vende el slogan de Coca-Cola? “Destapa la felicidad” ¿Cuál es el producto estrella de McDonalds? “La cajita feliz”. ¿Qué tipo de final te venden los cuentos de Disney? “Y fueron felices por siempre.”

¿Pero por qué nos obligan a ser felices? 

La Happycracia nos convierte en humanoides, es decir, en robots con apariencia de humanos. Nos quieren programar a cierta rutina de trabajo, a viajar por el mundo, a tener determinado tipo de cuerpo, a tener el celular último modelo, en fin, perseguir todos el mismo ideal de felicidad.

En esta búsqueda impuesta de la felicidad, irónicamente, se está logrando el efecto contrario. Esta angustia provocada por la presión, por la ansiedad de no poder alcanzar lo que les vendieron tras recurrir a todo tipo de fórmulas de autoayuda.

Esto tiene como base la psicología positiva que nació a finales de los años 90. El mero nombre ya nos da una idea de que sostienen. Ellos defienden que la felicidad depende, sobretodo, de uno mismo, que es algo que se puede aprender y que no tienen nada que ver con las circunstancias. Siguiendo esta lógica, no es de sorprender que sostienen que el sufrimiento también es una cuestión de elección. A simple vista esta idea puede resultarnos un tanto inofensiva. Sin embargo, esto puede convertirse en un mensaje meramente perverso. Parece que estamos culpando a quien sufre, que les estamos diciendo que sí no tiene emociones positivas (porque así las dividen, en positivas y negativas), el elige estar enfermo. 

La psicología positiva hace 20 años prometió ofrecer las claves de la felicidad. ¿Pero que creen? Aún las estamos esperando. Después de más casi 65000 estudios, lo único que tenemos claro es que sus resultados son ambiguos y un tanto contradictorios. 

Las tecnologías para medir nuestro estado de ánimo y nuestras emociones están al servicio de los intereses económicos y políticos. Son una mercancía más, comercializada con distintos envoltorios. Si la búsqueda de la felicidad es insaciable, es lógico que ahí esté un negocio multimillonario. 

La felicidad es una meta en constante movimiento, y nos hacen correr detrás de ella de forma obsesiva. Nos propone ser atletas de alto rendimiento de nuestras emociones. Esta vigorexia emocional en vez de generar seres satisfechos genera happycondriacos.

En innumerables ocasiones hemos visto en el sector salud y, concretamente, en la salud mental, que la efectividad de un tratamiento psicológico utiliza básicamente los mismos estándares impuestos por la Happycracia. Ahí está el peligro. Y peor aún, si se busca unificar dicho tratamiento sobre esta base ¿Estás curado si eres productivo en tu trabajo? ¿Útil para la sociedad? 

¿Y qué es la felicidad? ¿Alguien realmente tiene esa respuesta? ¿Existe un ideal universal, absoluto y objetivo? La única respuesta que se me ocurre, es que en realidad no existe respuesta para estas preguntas. 

ANDREA BERRONES MORENO 

ALUMNA DE LA ESCUELA DE PSICOLOGÍA DE UCA