EL ASOMBRO: EL MEJOR MOTOR DE LA EDUCACIÓN

El sistema educativo se equivoca cuando cree que el conocimiento memorístico es el objetivo principal. Nos equivocamos cuando creemos que el niño que memoriza es bueno, y quien no, es deficiente. Nos equivocamos cuando creemos que las mentes de los niños son receptáculos que deben ser llenados con números y datos. Ya decía un gran investigador educativo: “Un maestro que únicamente pregunta datos a sus alumnos, se pierde la grandiosa oportunidad de conocer lo verdaderamente importante que está en la mente de los niños”.

El conocimiento solo es importante cuando este se aplica y genera más conocimiento.

En algún momento, Thomas Edison preguntó a Einstein por la velocidad del sonido, a lo que Einstein respondió: “No lo sé, procuro no cargar mi memoria con datos que puedo encontrar en cualquier manual, ya que el gran valor de la educación no consiste en atiborrarse de datos, sino en preparar el cerebro para pensar por su propia cuenta y así llegar a conocer algo que no figure en los libros”.

Para preparar a los niños para recibir el conocimiento, digerirlo y aplicarlo, debemos desarrollar el asombro. El asombro es el mejor motor que puede tener un niño para soñar y crear; en lugar de inculcar conocimientos, teorías y datos, debemos dejarlos observar, preguntar, escuchar, probar, decidir, hacer, actuar, errar, aprender, repetir, corregir, caer, y levantarse.

El asombro tiene un papel fundamental en el desarrollo de un individuo en sus primeros años de vida, y el perderlo, puede perjudicarlo en su adultez.

Como escribe atinadamente Catherine L´Ecuyer en su libro educar en el asombro: “Los padres que piensan que, después de un día de trabajo, deben hacer de animadores de ludotecas con sus hijos, ya pueden estar más tranquilos. La calidad no se mide por el número de estímulos que le damos al niño. Solo con estar, estableciendo un vínculo con el niño, darle una papilla, mirarle, hablarle suavemente, sonreír, acariciarle, es suficiente”.

Y es que los “nuevos padres” nos hemos equivocado cuando creemos que el mejor camino es el de sobreestimular a nuestros hijos. Desde muy pequeños atiborramos sus agendas con clases matutinas y vespertinas. En la mañana están en sus escuelas con la “mejor tecnología” (pues creemos que las instituciones que las usan son mejores), y en las tardes con clases de matemáticas, inglés, robótica, artes, deportes… al final, nuestros hijos necesitan ser mucho más niños. Deben correr en el jardín, enamorarse de las plantas, jugar con animales, escuchar historias, perseguir una mariposa, caminar por los campos. Asombrase con un atardecer, con la lluvia, con los truenos y relámpagos.

Nuestro afán por hacerlos “súper niños” nos ha llevado a equivocarnos. Queremos que lean y escriban antes de iniciar la primaria (en México los niños empiezan a leer a los 4 años, en Finlandia hasta los 7 años). Queremos que hablen tres idiomas, que sean “mini expertos” en todo, cuando al final el camino correcto debería ser el de dejarlos ser felices construyendo el mundo desde el asombro.

Según varios autores, la sobreestimulación de los niños genera que se anule el sentido de asombro, la creatividad y la imaginación. Existen muchos estudios que hablan de los delicados daños que genera la sobreestimulación, pues tras la euforia de esta, el niño se apalanca, se vuelve pasivo, no toma iniciativa, se aburre. Pero, además, el niño se vuelve hiperactivo, nervioso… la sobreestimulación genera impaciencia por buscar más estímulos, los vuelve ansiosos. El grave problema es que el niño sobreestimulado se vuelve un adolescente que lo ha visto y tenido todo. Quizás esta saturación los lleve a buscar realizar actos de vandalismo, violencia, o consumo drogas.

Al final debemos entender que el sistema educativo debe centrarse en la persona y no en el conocimiento. Un sistema centrado en la persona permite que el asombro sea el motor para la construcción de un conocimiento que se pueda aplicar a la vida diaria. No debiéramos preocuparnos por la acumulación única del conocimiento, pues en el mundo este se duplica cada 4 años, y cada 2 días se genera la misma cantidad de información que la que la humanidad generó en 5000 años de historia previa a las nuevas tecnologías. Tenemos que enseñar a los niños a pensar, a soñar, a crear, vivir y gozar de la hermosura de la simplicidad, y el asombro es seguramente el mejor motor para llevarlos a disfrutar de ese maravilloso mundo y desde allí forjar al ser humano que el planeta necesita.

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