PAPÁ. ¿Y yo que culpa?

Cada día son más comunes los divorcios en nuestra sociedad. Matrimonios al vapor, infidelidad, hastío, inmadurez, inseguridad, inexperiencia, entre muchos otros, son los pretextos que se exhiben para convencer a las autoridades terrenales y espirituales, de la decisión que finaliza el compromiso adquirido.

Los datos son fríos, en México cada año se llevan a cabo alrededor de 600.000 matrimonios, y una cifra cercana a los 70.000 divorcios.

Durante la separación de una pareja, son muchos los inconvenientes que se presentan, problemas con el patrimonio, enfrentamientos entre las dos familias, chismes, dudas, pero ante todo, un profundo dolor de los hijos concebidos en el mismo.

Los niños, producto del amor de la pareja, terminan por convertirse en el centro crucial del problema, ya que las afectaciones generadas por un mal manejo en la separación, ocasionan profundos y complejos traumas que terminan por afectar el futuro del muchacho.

Yo personalmente considero que el tema de la separación de una pareja donde existan hijos, debe manejarse con profunda naturalidad, pero con un grado de madurez que le permita al niño entender que es parte del problema, pero no la causa.

Es verdad, cuando una situación de pareja llega a grados de profunda incompatibilidad, donde el respeto por la unión pasa a un segundo plano para dar paso a la grosería, que afecta directamente a quienes están alrededor, en este caso, los hijos, definitivamente es mejor optar por una separación que permita la estabilidad de quienes sufren por nuestra culpa.

Yo realmente no soy un promotor de los divorcios; considero que el compromiso que se hace se debe respetar, dando lo mejor de sí para cumplirlo y llevarlo a buen término; pero definitivamente una relación de pareja que afecte a un tercero, que generalmente es un hijo, en un grado que le cause problemas psicológicos, la lógica nos indica que lo más razonable es que esta relación termine a fin de que el niño tenga un espacio adecuado que le evite los constantes problemas que ha tenido que soportar.

El amor es el motor de la unión de las parejas. Considero que los matices de este, nos desubican hacia el camino de creer que estamos enamorados, pero en medio de nuestro propio descubrimiento de este sentimiento, aparecen los frutos de esta relación, nuevas vidas que dependen de la estabilidad de la pareja que lo consevio, así que es mucho mas honesto optar por un distanciamiento cuando el motor de una relación son otros elementos diferentes a ese amor que une y aguanta todo.

Los hijos son nuestro reflejo. Nosotros somos quienes cimentamos su futuro y mas delicado aún, su personalidad, así que de la madurez de nuestra relación de pareja dependerá el éxito de un joven en cuanto a su estabilidad emocional.

En definitiva, no nos engañemos tratando de soportar lo insoportable, por miedo a afectar a nuestros hijos. Yo personalmente me encuentro convencido de que un hijo no será más o menos exitoso si proviene de una pareja estable o inestable. Lo que si marcará dolorosamente su existencia, es pertenecer a una familia donde sus padres no los una el respeto, y ante todo el amor.

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