CON LOS NIÑOS SÍ ME LA JUEGO

Terminamos el año, tranquilos, divertidos, con muchas ilusiones para el 2020, y esperando que las noticias que nos llegaban esporádicamente de China fueran parte de otra realidad.

Particularmente nunca imaginé que este 2020 quedaría marcado como el año de una pandemia terrible que nos hizo parar al planeta completo. Al inicio nos pareció una enfermedad de los chinos por comer animales exóticos; luego nos vendieron la idea de un virus de laboratorio creado en medio de la guerra económica entre China y Estados Unidos. Aún existen muchos que dudan de la letalidad del Covid-19, pensando que las imágenes que vemos en Italia, Estados Unidos o Ecuador, son “montajes” para asustarnos y obligarnos a ser parte de un plan siniestro.

Más de 2 millones de casos de Covid-19 en el mundo y arriba de 110.000 muertos es la cifra de una pandemia que aún no logramos controlar. Si bien la tasa de infectados baja cuando nos aislamos, esta acción pone a temblar incluso a las economías más poderosas del planeta.
El tema es complejo, pues hasta ahora el estar en casa es la única salida que tenemos, y como gran parte de la población mundial no puede trabajar desde sus hogares, la situación comienza a complicarse sobre todo en los países pobres como el nuestro, donde los gobiernos no tienen claras las medidas para mitigar el impacto, y donde los empresarios comienzan a perder el control ante la imposibilidad de mantener los salarios de sus trabajadores. A esto debemos sumarle los millones de personas que, en el caso de México, viven al día; esos que salen a rebuscar un ingreso cada mañana, para llevar comida a sus casas.
¿Cuánto más aguantaremos? Dicen algunos: “hasta que el hambre acose”.

Muchos periodistas y amigos me han preguntado sobre si considero que el mundo va a cambiar después de esta pandemia. Que si vamos a ser mejores seres humanos, más solidarios y comprometidos.
No cabe duda de que diferentes vamos a hacer, pues muchos habremos perdido familiares, amigos, empleos, o empresas. Pero creo que al final, cuando esta pandemia sea una anécdota, terminaremos siendo los mismos deshumanizados de siempre. Los que, a costa de construir empresas, acabamos con el planeta. Esos que por buscar acumular y acumular recursos, evadimos impuestos y explotamos a los trabajadores. Esos mismos que hemos perdido la capacidad de sentir el dolor del otro. Aquellos a quienes no nos duele el indigente o el inmigrante ilegal de nuestros semáforos. Terminaremos sacando las mismas excusas de siempre, la de que no ayudamos, porque atrás siempre hay alguien haciendo negocio. O diciendo que los pobres son pobres, porque no quieren trabajar, olvidando que en un país tan desigual como el nuestro, es bien difícil que alguien brinque las “castas sociales” con solo esforzarse mucho.
Así que no, no creo que nuestra sociedad adulta cambie. Pero en esta historia SÍ hay un ganador. Alguien que en el largo plazo nos hará mejores, y ese ganador son nuestros niños del mundo.
Únicamente los Baby Boomers, muy pequeños, se enfrentaron a las carencias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero ya como actores, ni ellos, ni los X, ni los Millennials, habíamos vivido algo como esto.

Nuestros niños que hoy se están formando en las casa-aulas de México, ya sea con plataformas pagadas, o usando WhatsApp, entenderán que la capacidad de adaptación es la mayor herramienta del siglo XXI. Entenderán que la muerte hoy nos mira de frente y que la solidaridad nos alejará de ella. Tendrán que aceptar que sus padres se queden sin trabajo o pierdan sus empresas y que aún así, se las arreglen para sobrevivir. En esa generación: SÍ creo. Las de los niños a quienes pronto les tocará enfrentarse con los verdaderos desafíos del cambio climático. Esos niños que por medio del pensamiento crítico sabrán que una mala decisión de un gobierno puede llevar al traste toda una economía. Sabrán que la tecnología y el conocimiento que construye nuevo conocimiento, se han convertido en el nuevo petróleo del siglo XXI. Con ellos SÍ me la juego, esos niños que estamos formando, adaptándose rápido y aceptando las nuevas condiciones. Esos niños, que estoy seguro, nos llevarán a construir ese México donde todos soñamos vivir.

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