ENTRE LO ABSURDO E IRREAL: Un futuro diferente

Lo absurdo sigue apoderándose de  nuestro hermano pueblo haitiano. Cada día vemos con mayor tristeza la situación tan compleja que ahora vive el país caribeño. Miles de muertos, caos, destrucción general y un número impresionante de damnificados.

La religión principal de Haití es católica, pero no es desconocido para ninguno que este pueblo es constante seguidor de vudú, una mezcla de hechicería y magia negra, por lo que muchos paracientíficos exponen que el invocar a espíritus malignos ha hecho que la isla atraiga la pobreza, desastres, ignorancia, violencia y destrucción… se ha llegado a comentar que este terremoto es una consecuencia del cobro de un “pacto con el diablo” que se llevó a cabo para lograr su independencia de Francia. ¿Historias?, ¿leyendas? Cada quien sabrá de que árbol se cobija.

Desde mi muy particular punto de vista la pobreza que hasta hoy impera en el país es debido al hombre, y a su obsesión desenfrenada por la riqueza. Recordemos que hasta el siglo XVIII por ejemplo, Haití abastecía el 75% de la azúcar mundial.

Hoy podemos observar desde el aire que Haití es un país totalmente deforestado (en un 98%), el agua ya escasea, lo que ha complicado el crecimiento de este lugar.

Antes del terremoto, el 80% de la población haitiana era pobre, además con una esperanza de vida de 50 años, muy por debajo de la media de Latinoamérica. Más de la mitad de los haitianos no saben leer ni escribir, apenas 3 de cada 10 tenían acceso a la seguridad social; cerca del 6% de la población adulta contaba con el mortal virus del SIDA, setecientas mujeres murieron por cada 100 mil nacimientos, lo que equivale a alrededor de 230 mil niños huérfanos. Uno de cada tres muertes eran a consecuencia de hechos violentos, y la mitad de las mujeres han sido violadas. La alimentación de los haitianos se logra gracias a la importación de alimentos, ya que la producción local únicamente abastece al 40% de los habitantes. El 60% de los recursos se logran a donaciones de 40 países. En Puerto Príncipe no existe un parque de diversiones para los niños, el comercio lo manejan los extranjeros, y las empresas e industrias se cuentan con la mano. No existe sistema de acueducto ni alcantarillado.

La lista pudiera seguir, pero lo que se mantiene y crece es una corrupción galopante. Algún político extranjero que vive en Puerto Príncipe comentó: “El gobierno haitiano únicamente se mueve en la medida en que existan contraprestaciones económicas”.

Este es el panorama de la Haití de hace unos días,  lo más preocupante es que este terremoto profundiza aún más los dolores de una población sumida en la pobreza, la ignorancia y la desgracia. De allí lo complejo de su reconstrucción. Hoy Latinoamérica y el mundo entero tenemos un compromiso con una tierra olvidada por muchos años y que en cada grito de dolor nos recuerda esta responsabilidad. Quizás la ignorancia y la avaricia (de algunos pocos) los tenga sumidos en la pobreza absoluta, de allí la importancia de que su reconstrucción no sea únicamente de muros, calles y edificios. Hoy este profundo dolor que vive el pueblo haitiano quizás sea la grandiosa oportunidad del mundo entero para buscar una luz entre todos, que genere el camino hacia un futuro diferente que antes del terremoto ni se vislumbraba.

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