EL DAÑO COLATERAL DEL NEGOCIO MÁS RENTABLE DEL PLANETA

Para nadie es desconocido que nuestro país ya no es sólo el tránsito de la droga proveniente de Sudamérica, sino que además de ser distribuidores mundiales, nuestra juventud en general se ha vuelto consumidora, con un crecimiento alarmante en los últimos 10 años. Según estudios de la Secretaría de Salud, en México 7 de cada 10 universitarios han probado drogas en su vida, y de estos, 9 de cada 10 lo hicieron porque sus amigos (que ahora son los principales dealers) los invitaron a hacerlo… complicada situación.

En la actualidad las políticas presidenciales de combate frente a frente con los grupos criminales han dejado huellas de dolor que quizás ni hemos logrado dimensionar. La realidad es que México se encamina a una guerra sin cuartel que difícilmente tendrá su final en la presente década.

Hoy nuestro México vive diariamente el dolor de la guerra entre grupos narcotraficantes que deja a su paso un sinnúmero de dolientes y personas fallecidas muchas veces ajenas a esta confrontación, además de la tristeza de los padres de familia ante la drogadicción de sus hijos. Si bien estas situaciones son complejas y quizás sin una solución inmediata, el tema del narcotráfico genera muchos otros daños colaterales que seguramente no conocemos, pero que terminarán por afectarnos como civilización.

Hoy sabemos que una hectárea de coca produce 58.000 dosis de 100 miligramos al año. Para sembrar una hectárea de coca, es necesario destruir cuatro hectáreas de bosque tropical, que producirían 112 toneladas de oxígeno.

Una persona absorbe entre 20 y 500 gramos de oxígeno por hora, dependiendo del esfuerzo físico a que esté sometido.

Por cada dosis de cocaína consumida se destruyen 0,7 metros cuadrados de bosque y dejan de producirse 2.000 gramos de oxígeno para el planeta que, en promedio, sirven para que una persona respire durante ocho horas.

Para convertir esa misma hectárea de hoja de coca en clorhidrato de cocaína, de donde resultan 58.000 dosis, se utilizan 496 kilos de precursores químicos (cemento, bicarbonato de sodio, gasolina, ácido sulfúrico, amoníaco, permanganato de potasio, carbón activado, disolvente 1020, acetato de etilo, acetona y ácido clorhídrico), que luego se vierten en ríos, quebradas y nacimientos de agua.

Como vemos, este complejo negocio no solo afecta las mentes y el futuro de nuestros jóvenes, sino que además envenena el agua que año con año es más escasa en el planeta, sumado a que también acaba con hectáreas y hectáreas de bosques cada año.

Según Greenpeace en el mundo talamos 10 millones de hectáreas de bosques cada año, de las cuales 6 millones se vuelven desierto, y en América Latina talamos 20 hectáreas cada minuto debido al creciente negocio del narcotráfico.

Tal parece que hemos decidido como humanidad subirnos al barco de la autodestrucción. Cada día estamos terminando por aceptar nuestra desgracia y lo peor es que todos desde nuestra apatía somos cómplices de una destrucción que parece inminente.

La realidad es que quienes pudieran hacer el cambio, nuestros jóvenes, hoy son presa de las adicciones y demás problemas que los llevan a que centren su atención en diferentes distractores. Hoy más que nunca la labor de nosotros, los padres de familia, es fundamental para sembrar esos valores que ayuden a que nuestros hijos entiendan los errores que hemos cometido para así tomar suya la premisa de transformar el planeta; un planeta que hemos decidido destruir con más fuerza en los últimos 100 años.

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